El Rapto (2026), óleo sobre tabla, investiga estados de inestabilidad visual y simultaneidad, construidos a partir de fragmentos que colisionan en una escena onírica.
La obra parte de una escultura clásica encontrada en un museo de Londres, capturada mediante fotogrametría y modelada digitalmente. En ella, varios cuerpos se entrelazan en una composición que evoca la iconografía clásica del rapto mitológico. Esta cita escultórica se cruza con juguetes, esculturas asiáticas y fragmentos del tejido urbano londinense, difuminados en la atmósfera de la imagen. El resultado es una escena confusa pero activa, suspendida en una luz verdosa, casi pantanosa, donde el desenfoque desestabiliza la legibilidad de los cuerpos y la jerarquía entre las partes.
El título opera en varios registros. Nombra el rapto explícito representado en la escena mitológica, pero también los raptos silenciosos que sostienen al museo como dispositivo: la extracción de objetos, la asimilación de un canon ajeno, el blanqueamiento histórico del patrimonio colonial. El Rapto se mueve entre lo venerado y lo banal, entre la estatuaria de museo y los objetos de consumo, registrando la condición de un mundo globalizado en el que cada referencia coexiste al mismo tiempo y con la misma intensidad, sin importar su origen.
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