Una escultura blanca se alza en el centro de la composición, coronada por la cabeza de un juguete de cocodrilo que altera su carácter solemne.
En el fondo, ampliado y fragmentario, aparece un rostro que remite al Pato Donald, observando la escena desde una escala desproporcionada. La pintura construye un diálogo tenso entre monumento y caricatura, donde la imagen clásica es intervenida por la lógica intrusiva y omnipresente de la cultura visual contemporánea.
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