La imagen está dominada por la presencia de un oso de juguete de escala desmesurada, cuya posición ambigua lo sitúa entre víctima y causa de un accidente vehicular.
La escena, detenida en un instante impreciso, combina ternura y violencia latente, desdibujando los límites entre juego y desastre. El oso, emblema de lo infantil, se transforma aquí en una figura inquietante, cargada de una extraña gravedad emocional.
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