Una figura que mezcla a Mickey Mouse y al Pato Donald sobre el cuerpo de una escultura griega, blanqueada casi por completo, se recorta contra un muro cubierto de graffiti. La luz que la alcanza es la del amanecer, rosada en las orejas y en el rostro, pero tan intensa que en lugar de definir el volumen lo disuelve: los contornos se ablandan, el suelo se vuelve una mancha blanca y el muro retrocede en franjas grises. Sobre esa superficie lavada, finos rayones rojos y amarillos atraviesan la imagen como fallas en la retina.
El título viene de la canción homónima de Placebo, sobre la hora en que alguien vuelve a casa después de una noche sin dormir mientras el resto de la ciudad se levanta para ir a trabajar. Esa es la mirada de la pintura: la de unos ojos cansados que ya no enfocan y a los que la mañana encandila. Dos de los personajes más reproducidos de la cultura masiva, injertados en el canon clásico, aparecen así a medio borrar, menos como imagen que como resto: la marca que queda en los ojos después de haberlos visto demasiadas veces.
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