A la izquierda, un perro de peluche; a la derecha, una forma envuelta en tela e iluminada desde atrás. La escena recuerda a medias una anécdota: Alejandro se planta ante Diógenes, le ofrece lo que quiera, y este solo le pide que deje de taparle el sol. A Diógenes lo llamaban el perro, y aquí el perro es de peluche. El filósofo que no sostenía nada pide lo único que no se puede sostener.
Construyo la pintura a partir de objetos capturados mediante fotogrametría y luego soltados. Las escalas colapsan, los bordes se ablandan, las fuentes dejan de declararse. Lo que sobrevive no es el objeto sino su residuo: una imagen copiada, circulada, mal recordada, comprimida. El reconocimiento llega tarde y nunca termina de asentarse.
Esa demora es el tema. Sostenemos la memoria cultural del mismo modo en que esta pintura sostiene su anécdota: de manera aproximada, a la escala equivocada, bajo la luz equivocada. El acto de sostener es lo que la deforma.
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