La pintura organiza un encuentro improbable entre fragmentos de procedencia distinta: esculturas tomadas del British Museum, juguetes y figuras de la cultura pop, que colisionan en una escena donde las escalas y las jerarquías se desbordan.
Sobre un fondo oscuro, casi nocturno, una cabeza de pato inflable domina el lado izquierdo de la composición y abre unos ojos enormes que miran hacia algo fuera del cuadro. Junto a ella, el ala de un santo del barroco colonial americano y la escultura de un sabueso del Partenón se difuminan en bordes blandos, mientras una maza tallada se levanta a la derecha, frente a una masa gigantesca al fondo. La factura, atravesada por escurrimientos y zonas borrosas, desestabiliza la legibilidad y mantiene el conjunto en una zona ambigua entre el sueño y el accidente.
El título nombra el procedimiento. La quimera es la criatura mitológica hecha de partes disímiles, pero también una figura del bricolage cultural contemporáneo: algo nuevo construido sobre las ruinas de lo antiguo. La obra opera en esa tensión, ensamblando los restos del canon europeo con las imágenes de la cultura masiva y devolviéndolos a la pintura como un solo cuerpo, irregular e imposible, que sin embargo respira.
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