The Preacher monta una escena de cuadro de historia religiosa y la entrega a un coro de criaturas grotescas. Al centro, una figura roja y semidesnuda apunta al cielo con la boca abierta en pleno sermón, coronada por una lengua de fuego. Alrededor se reconocen los signos de una iconografía nebulosa: la corona, el martillo descomunal, los báculos rematados con símbolos que funcionan como estandartes. Abajo, otra figura sin rostro se dobla bajo el peso de una viga que el predicador no toca. Esa distancia, entre el que declama y el que sostiene la carga, organiza la pintura. La composición barroca, heredada de la misma tradición que la evangelización trajo como herramienta de conquista, queda ocupada por monstruos de cultura pop. El rito permanece; cambian sus oficiantes, y se vuelve espectáculo y pose.
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