La vista se interna en una especie de pasillo, un túnel de perspectiva incierta. Al fondo, una escultura gigante de una cabeza cierra el paso; cerca de nosotros, a la izquierda, una figura de juguete de Donkey, el burro de Shrek, observa la escena. Entre ambos se tiende una distancia que es también un desajuste de escala: lo monumental queda lejos y lo diminuto, al alcance de la mano.
El túnel funciona como el corredor de un sueño o el depósito de un museo: un espacio de tránsito donde las imágenes esperan, despojadas de contexto. En ese trayecto, la cabeza colosal y el juguete de plástico se vuelven equivalentes, estaciones de un mismo recorrido en el que la memoria cultural aparece desordenada, fuera de escala y en silencio.
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