Una escena difusa transcurre en un espacio comprimido, casi sin aire, donde las distancias se anulan. Las tres cabezas del título la habitan en escalas incompatibles: una cabeza escultórica gigante domina el fondo, delante se alza una escultura griega y, a sus pies, asoma una cabeza de Mario Bros. Monumento, canon y juguete comparten el mismo plano sin que ninguno logre reclamar el centro.
El desenfoque hace el resto: los referentes se pierden, las siluetas se contaminan entre sí y la imagen queda suspendida en ese punto donde algo se reconoce sin poder nombrarse. Lo que la pintura registra no son los objetos, sino su coexistencia forzada: la presión de un espacio donde imágenes de origen y jerarquía distintos quedan comprimidas en una sola experiencia.
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